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global_journeyAmérica no fue descubierta por Cristóbal Colón. Tampoco los vikingos, irlandeses o fenicios pueden atribuirse el mérito. La primera persona que puso un pie allí formaba parte de un grupo de cazadores que hace 20000 años atravesó el estrecho de Bering desde Siberia a Alaska. Su descendencia y la de los grupos que les siguieron poblaron el territorio entero hasta Sudamérica durante los 18 siglos siguientes.
Después hubo algunas incursiones esporádicas al continente -no muy bien documentadas-, hasta que en 1492 desembarcó el primer europeo del que se tiene constancia escrita.
Y ya no ha parado de llegar gente.

Nuestro viaje ha sido una gota en medio del mar. Hemos pasado por un pedacito de un país inmenso, engañosamente simple y en realidad complejo y diverso, precisamente por no contar todavía con una población autóctona definida. Se desplazó a los indios en su momento y desde entonces se ha querido establecer un patrón del nuevo estadounidense genuino, que no existe. Ése individuo será nieto de holandeses, ingleses, alemanes… Antes de que lleguen a hablar de una línea genética del americano auténtico ya se les casará un hijo con otro descendiente de extranjeros. Es inevitable. No es una cuestión de presión migratoria; es que Estados Unidos -a nivel de calle-, no se ha constituido como nación.
O quizá sea esa misma maleabilidad lo que mejor lo defina.

Pensando en el carácter de la gente, España es más vertical. De norte a sur tomas una buena aproximación de cómo somos. En EEUU ocurre igual, aunque la idea va sobre todo de este a oeste, pasando por un núcleo central algo más cerrado. Las costas Atlántica y Pacífica –cada una a su manera- están más abiertas al mundo gracias a la mezcla que contienen.

Washington DC es una versión descafeinada de Nueva York. Una hermana pequeña -más familiar y menos vertiginosa-, que conserva la misma educada distancia en el trato.
El crisol cultural es tan denso que hemos hablado con mucha más gente expatriada que con los propios americanos.

La gerente de nuestro edificio era de la India. Uno de los porteros, de Perú. Un Salvadoreño se encargaba de la limpieza. Los vecinos con los que más contacto hemos tenido eran suizos. Los vigilantes de la piscina venían de Bulgaria, Croacia y la República Checa. Las camareras de los alrededores eran rusas, ucranianas, francesas… Los taxistas, invariablemente africanos, sobre todo de Etiopia, aunque también los había de Senegal, Sierra Leona, Eritrea…

Acabas por tener la sensación de portar un inglés extraño. Tomas prestado el idioma local para entenderte con gente de todas partes, y a quienes dedicas más tiempo del que regalarías en Madrid.
Fuera de tu país, haces nación con cualquier extranjero. Te une a ellos la nostalgia y la extrañeza por un entorno distinto del habitual. La dificultad de enfrentarte con los pequeños dilemas del día.
Lo que más acerca a la gente son los problemas.

DSC00419En ese vagar por lo nuevo, tu cerebro te quiere transportar constantemente a España. Caminas por la calle como sintonizando la radio, y cada conversación con la que te cruzas es una emisora. Registras el idioma sin darte cuenta, y cualquier cosa del otro lado del charco parece más cercana. Se antoja familiar el italiano, el portugués; hasta el alemán. Cuando oyes castellano esperas a cazar el acento. Giras la cabeza un segundo más, para atrapar esas pocas palabras; la cantinela delatora de un argentino.
Si son de España sonríes siempre, y normalmente ellos también. Llama la atención la facilidad que tenemos para reconocernos.
Sonríes con cualquier detalle español, y lo disfruta más. Ningún gazpacho me ha sabido tan rico como el de la tienda de Bethesda que lo vende para llevar.

Supongo que es raro que alguien cierre un blog –normalmente son eternos-, pero para bien o para mal tiene que acabar aquí. Ya no habrá más Washington este verano.

Volvemos con menos sensación de distancia de la que nos fuimos. Desde España todo parece lejano, osado y aventurero. Luego comprendes que al nivel que nos movemos hoy día, las comunicaciones achican el mundo. Internet ayuda, y un vuelo –incluso con niñas- es corto.

DSC_0118Esta historia empezó como una especie de terapia ocupacional con uno mismo. Compatibilizar el hambre del escritor con la rutina del turista, y así se ha transformado en costumbre: redactando con la cabeza mientras observas alrededor. Mientras compraba un helado para mi hija mayor en el National Mall. Mientras cambiaba un pañal bajo la atenta mirada de las ardillas.
Acumulas párrafos con los ojos y la cámara, pensando que en algún momento se agotarán los temas y ya no tendrás de dónde tirar.

He intentado simplificar para entretener; es un poco de lo que se trata. Regalar un rato divertido a los que cargaban pereza en la llegada al lunes, y no ocupar mucho tiempo de los ansiosos por bajar a la playa.

Dicen que el año cambia en diciembre, pero a mí siempre me ha parecido que son los veranos los que rompen ciclo. Costumbres que coges en el colegio.
Ahora mismo no puedo saber qué ciclo he roto porque regresando a España encuentras los mismo que dejaste. Hemos vivido un respiro de la dichosa crisis que invade este país agotado. Somos unos privilegiados.

DSC00367Hay que pensar que algún día recordarás esto y podrás reírte, o hasta echarlo de menos.
Yo ya echo de menos mi estudio minimalista. En Madrid no hace falta que mi hija mayor se esconda en el vestidor para ver un video sin despertar a la pequeña. No tenemos que susurrar mientras hacemos el desayuno.
En todos los lugares haces casa, porque un hogar no es dónde vives, sino lo que dejas en él.

DSC_1316_rHemos regalado a los vecinos suizos los muebles, el menaje y los juguetes, pero me llevo los dibujos de mi hija. Esos no se los puedo dar a nadie.
Si algún día me dedico a escribir, decoraré mi despacho con ellos. Así podré mirarlos y recordar cosas que, de otro modo, la memoria querrá empeñarse en borrar. Porque el cerebro se entera tarde de cuánta importancia tienen las épocas de incertidumbre.

Quiero tener siempre presente que fui feliz en un periodo incierto.
Quiero recordar que cuando desperté en el avión de regreso tuve la fugaz sensación de estar aún en el vuelo de ida; como si todo lo ocurrido hubiera sido un raro sueño: el escáner en el aeropuerto de Nueva York, el tamaño de la comida, quemarme la lengua con el café, la lluvia impredecible, la gárgola de Darth Vader, las paradas de Farragut, la colonia perdida…
Imágenes falsas de un tiempo inventado entre cabezadas de sueño.
Mil aventuras cotidianas en Washington.

Bueno, en Washington no. En un pueblo.

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