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desmotadoraA finales del siglo XVIII, el movimiento de abolición de la esclavitud calaba hondo en los estados del norte y empezaba a contagiarse a los del sur. La tendencia podría haber continuado hasta conquistar el país entero de no haber sido por la invención de la desmotadora de algodón (Eli Whitney, 1793), que simplificaba la tarea más laboriosa del proceso: separar las fibras de la simiente.

El cultivo experimentó entonces un enorme crecimiento en los estados del sur, haciéndolos más dependientes de la producción de algodón, y del consiguiente empleo de negros para su recolección. La abolición pasó a ser un tabú en esta parte del país, lo que significó el primer precursor de la futura guerra civil.

En el colegio aprendimos que la historia era una sucesión de acontecimientos motivados por sentimientos tan planos como la supervivencia o el patriotismo. Cualquier alumno terminaba encontrando un fácil paralelismo entre las fases históricas de la humanidad y las etapas de la vida de una persona. Los hombres prehistóricos parecían niños pequeños, los del Medievo adolescentes, y los de la era moderna ya se comportaban como adultos maduros.
Así quedaba sembrada en nuestra cabeza esa simpática versión de la historia del ser humano, que nos alejaba de la posibilidad real de entender a cada uno de ellos en toda su idiosincrasia. Nuestros profesores pensaban –quizá acertadamente- que hacernos comprender la verdadera naturaleza del proceso sería una pérdida de tiempo.

Lo que ha movido el mundo desde el origen de los tiempos ha sido la economía. El punto de evolución en el que se encontrara esta ciencia es lo que ha definido cada una de las épocas históricas en cada rincón del planeta. Cualquier otro hecho humano ha aparecido, o se ha desarrollado, gracias al flujo de los intercambios comerciales: idioma, cultura, religión…

La colonización de América del norte requería de una inversión que no siempre fue satisfecha directamente por las arcas de estados europeos, sino a través de compañías que obtenían permiso para realizar dichos viajes, con intención de obtener beneficio de la explotación de las tierras en destino. La idea no era nueva; había funcionado antes, por ejemplo, con la Compañía de las Indias Orientales.

El desarrollo económico de las colonias se vio influenciado por un sutil instinto a la desobediencia promovido, primero, por encontrarse tan lejos del núcleo de gobierno, y segundo, por la naturaleza de los habitantes, pues muchos provenían de familias venidas desde Europa a raíz de la desafección con los que allí llevaban la voz cantante (es clásico el ejemplo de los irlandeses).
A partir de este caldo de cultivo fue fácil que tuviera lugar tanto el movimiento de independencia como la posterior propensión a la desregularización.

Estados Unidos es, desde sus inicios, un país reticente a los controles económicos. Costó poner de acuerdo a los estados en la fórmula para el gobierno central, y más adelante les traería de cabeza decidirse por un único regulador monetario común: pasaron por varias tentativas hasta quedar tranquilos con el actual sistema de la reserva federal.

El capitalismo se define en la actualidad como uno de sus bienes más preciados; otra estrella de la bandera. Está tan integrado en la sociedad que casi se respira. Son plenamente conscientes de ello: lo valoran, lo defienden y lo sufren como obligación necesaria. Cualquier alternativa con el más mínimo aroma a socialismo les espanta.

IMAG0718El consumo -base de todo ciclo económico-, bulle de vida en este país. La facilidad para la compra no tiene parangón: pagas con tarjeta sin identificarte, los envíos a domicilio son muy baratos o gratuitos, los outlet están al lado de las tiendas de marca…
No se trata de conseguir que el consumidor gaste mucho dinero en cada unidad; basta con que compre más de lo que necesita. Es la clave para mantener la tasa de reposición de artículos que alimenta la cadena.

La publicidad supera a la española (que ya era difícil).
La televisión es una condena: dedican igual tiempo a los anuncios que al programa que estás viendo. Por eso todo el que puede se abona al cable.
Cuando subes a un taxi, una pequeña pantalla ubicada detrás del conductor repite sin descanso el mismo conjunto de anuncios.
Las empresas pueden patrocinar hasta las carreteras. Cada pocos kilómetros hay un cartel presentando el nombre de la compañía que ha “adoptado” esa porción de la autopista (Adopt-a-highway).

Viviendo aquí tomas más conciencia de lo que España importa de este mercado. Asimilamos muy rápido sus productos, pero sus mecanismos… no tanto. Somos diferentes a ellos en muchos aspectos, y eso ofrece resistencias para llevar ciertas cosas a la península. Nuestro modo de ser tendrá que cambiar para aceptarlas. Y la pregunta es: ¿cambiará?
A priori parece que sí; parece que caminamos a la zaga de EEUU. Nos americanizamos, y habrá quien crea que es el futuro ineludible.

Yo no estoy de acuerdo (en parte porque no quiero estarlo). Hemos alcanzado ciertos beneficios sociales con los que ellos no cuentan (ni han contado nunca), lo que lleva a pensar que, tal vez, sean los EEUU los que tengan que dar pasos atrás desde el jardín en el que están inmersos.
Algunas empresas ya han dado pasos -por ejemplo, remunerando las bajas de maternidad de sus empleadas-, pero a nivel nacional van más despacio. Es mucho territorio; ciertas cosas tendrán que marchar estado a estado.

OLYMPUS DIGITAL CAMERASi alguien hubiera insistido en abolir la esclavitud durante la expansión del algodón, se habría encontrado enfrentándose con razonamientos alejados del motivo real. Le habrían respondido aduciendo a la –supuesta- inferioridad de la raza negra.
Los terratenientes estaban tan convencidos de sus palabras como orgullosos del beneficio que obtenían gracias al trabajo de sus esclavos.
Necesitaban ver a los negros de ese modo. Eran racistas, y ni siquiera sabían por qué.

La explicación estaba enredada en su propia motivación: la esclavitud no viene del racismo. Es el racismo el que viene de la esclavitud.

Y la esclavitud viene de la economía.

(Eric Williams lo explica de maravilla en su libro “Capitalismo y esclavitud”.)

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