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u-s-_territorial_acquisitions1El 25 de abril de 1854 se ratificaba en el Senado de los EEUU la compra de La Mesilla, territorio al sur de Arizona que hasta entonces había pertenecido a Méjico.

Finalizaba así un periodo de enorme expansión estadounidense que durante sólo cincuenta años del siglo XIX había llevado la frontera oeste del país hasta el océano pacífico, y la norte y sur a cubrir toda la linde de las vecinas Canadá y Méjico.
Faltaría después la compra de Alaska, la anexión de Hawaii, la zona del canal de Panamá (que ya “devolvieron”), Puerto Rico y las islas Virginia.

Fueron doctrinas propagandísticas como la del famoso “Destino Manifiesto” las que les empujaron a semejante frenesí adquisitivo, y quizá por iguales motivos construyeron de la manera en que lo hicieron, cubriendo territorio a marchas forzadas.

Un europeo se mueve por este país con la impresión de que las distancias se miden en otro calibre. Sin coche no eres nadie.
La mayoría de las viviendas son casa bajas de dos plantas, comúnmente separadas unas de otras, lo que lo transforma la vista en una suerte de eterno infinito de jardines. Aún así, queda mucho territorio sin edificar. En términos prácticos la colonización no ha terminado.

DSC_1448_giradaEs normal que la edad legal para conducir sean los 16 años; hasta entonces los chavales viven condenados al uso de la bicicleta. Si tú pensabas que habías pedaleado mucho en los veranos en el pueblo es porque no sabes a lo que se enfrentan aquí. Cuando el pequeño Timmy planea ir a ver a su amigo JT -que vive en la misma calle, pero 2000 números más abajo-, empieza por echar al macuto su emparedado de mantequilla de cacahuete y un refresco, porque le va a tocar hacer parada por el camino.

El día que un muchacho americano se saca el carné, lo celebra encerrándose en su garaje y descargando la rabia acumulada con una somanta de patadas a la bici hasta que la deja hecha en un amasijo de hierros en un rincón. Que la use el padre, si quiere, para reforzar el cenador del jardín. Ahora que tiene un Buick LeSabre del 69, ya no piensa volver a pedalear en su vida.

DSC_1683Bethesda es un pueblo en reconversión. En medio del mar de chalets se han levantado edificios -de no más de diez plantas-, para dar forma a una zona de ocio y negocio con estilo callejero (en lugar de poner cada cosa a dos millas de la otra), así que es posible vivir sin coche.

El nivel económico es alto (que nos lo digan a nosotros con la pastaza que pagamos por un estudio), y la zona principal del barrio está tan cuidada y limpia que parece un trocito de Disneylandia. Pensando en “El show de Truman” captas bien la idea.

El ambiente es familiar, con padres que ajustan el horario al público infantil, aunque también hay una buena tropa de solteros, protagonistas de la happy hour (tomar algo después del trabajo) y preocupados por la salud del cuerpo. Mucha gente sale a correr por la mañana o por la tarde, cuando el calor es soportable. (Si te cruzas con alguno a medio día es que se quiere suicidar y no encontraba la pistola por casa).

IMG_0522Antes de venir pensamos que sería necesario comprar un coche para revenderlo al volver, o bien alquilar los fines de semana, pero en Bethesda hay metro, y así conectas con todo lo necesario. Únicamente hemos cogido coche una vez, para acercarnos a la playa, aunque –en nuestra línea-, acertamos con el lugar más atestado de la costa.

Sandy Point es algo así como el Benidorm de Maryland. El coche lo dejas en un megaparking que no tiene nada que envidiar al de un parque de atracciones –y no busques sombra, que no hay-, para después caminar atravesando la zona de picnic: una extensión de hierba paralela a la playa y sembrada de mesas, cada una equipada con la correspondiente parrilla y manejada por el correspondiente padre bien criado.
La foto del mar quedaría bonita con ese puente colgante al fondo, pero es tal la cantidad de gente que encuentras en la orilla, que se te quitan las ganas de bañarte. A la entrada del parque había varios carteles avisando de la posible presencia de medusas pero, una vez llegas al agua, te despreocupas. No caben bichos entre tanta pierna.
El baño fue corto (cómo va a ser, si no puedes moverte), y para resarcirnos marchamos hacia Annapolis, segunda parada del día dominguero.

DSC_1593_rTomamos un café mirando al puerto y apenas caminamos un par de calles. No hay muchas más.
Este pequeño lugar fue capital temporal cuando Estados Unidos acababa de conseguir la independencia, y mantiene el original aspecto inglés marinero.

Pero su calma envolvente no da idea de que nadie vaya a querer extender desde allí ninguna frontera hacia ninguna parte.

Tal vez conserve también la tranquilidad de un país distinto.

– Todas las semanas hay nuevas fotos en la galería

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