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the_battle_of_cowpens_lgEl 17 de Enero de 1781 tuvo lugar la batalla de Cowpens, en la que se dice que William Washington (primo segundo de George Washington) salvó la vida gracias a su compañero George Farragut. Sea o no cierto, lo que sí es falso es que su amigo también se llamara George.
El nombre auténtico era Jordi Ferragut Mesquida, y había nacido 28 años antes en Menorca.

Jordi_FarragutJordi llevaba navegando desde los nueve años. Estudió náutica en Barcelona y emigró después a América, donde pasó tiempo capitaneando un pequeño navío comercial hasta que se unió a la revolución contra los ingleses en la guerra de la independencia.
Allí se casó y tuvo varios hijos, entre lo que destacó históricamente David, que llegó a ser el primer almirante de la marina estadounidense y ganó fama durante la posterior guerra civil por su arrojo en combate.

395px-David_Farragut_WWI_posterA él se le atribuye la famosa frase enunciada durante la batalla de la bahía de Mobile: “¡Al diablo los torpedos! ¡Adelante a toda máquina!” (“Damn the torpedoes!, Full speed ahead!”), que hoy constituye una suerte de canto de guerra para la marina estadounidense.

En honor a David existe en Washington DC la plaza de Farragut, y hasta ella puede llegarse en metro por las estaciones de Farragut North y Farragut West. La pronunciación americana del apellido dista mucho de sonido original.

La megafonía interior de los vagones corre a cargo de los conductores, y en la profesión está desde el tipo escueto, que larga una palabra indescifrable como el estornudo de un perro, hasta el que se equivocó de oficio y habla con vocación de locutor, recordando la estación en la que estás, la siguiente, el lado por el que se van a abrir las puerta, la línea en la viajas, y el destino último de la misma.
Ni tanto ni tan calvo, la verdad. Al primero no le entienden ni sus paisanos, y del último acabas hasta el gorro.

DSC_1438rEl metro de Washington es un buen medio de transporte. Rápido (de hecho, demasiado), cómodo y bien distribuido. Con él se llega hasta casi todos los puntos interesantes de la ciudad y de los pueblos colindantes.
Sólo es un tanto molesto el sistema de pago. No existen los billetes de diez viajes, y al comprar un trayecto individual tienes que tener en cuenta la franja horaria en la que estás y la distancia que vas a recorrer. Existen pases de un día o una semana, y las tarjetas recargables.

Esto último es lo más extendido; las llenas con tus dólares y tiras hasta que se agoten. El problema es que son individuales e intransferibles, y no puedes hacer trampas (somos españoles; lo hemos intentado). El sistema de registro es tan bueno que sabe en todo momento qué tarjeta esta dentro del metro y cual ha salido ya. Lo de pasa tú y luego me la dejas, no vale. Hay que comprar una tarjeta para cada uno.

A través del metro nos hemos movido para casi todo desde que estamos aquí, incluido el turismo. El último sitio que visitamos fue, por fin, el cementerio de Arlington; un camposanto militar ubicado al otro lado del río Potomac, justo detrás del Pentágono.

DSC_1673Aquello es inmenso; dos veces más grande que La Almudena de Madrid y bastante más colocadito. Está muy cuidado y llama la atención, además de por la infinita alineación de tumbas, por el trabajo de jardinería. Podría decirse –con respeto- que es un cementerio para la foto.

Desde el centro de visitantes hay un autobús que recorre la finca entera y te va llevando por los highlights del lugar (no es humor negro, oye, es lo que hacen). Resulta una opción bastante interesante para los que viajamos con niños, porque el desnivel del terreno es muy serio para andar empujando el carrito hasta la casita de la colina, y porque lo único que venden allí aparte de folletos, pines y demás suvenir, es agua.
Si quieres picar algo cruza el río, chaval.

DSC_1666El punto más alto merece la pena como mirador para observar la ciudad entera, y por él pasa una agradable brisa (el lugar se eligió, entre otras razones, por su frecuente corriente de aire, interesante por obvias razones de higiene).

Entre las figuras más destacadas de  Arlington están el presidente JF Kennedy, su mujer Jacqueline, el boxeador Joe Louis o el arquitecto Pierre Charles L’Enfant, responsable del diseño original de la ciudad de Washington DC.

Jordi Ferragut murió en Mississipi en 1817, y su hijo David en 1870, en New Hampshire. Ninguno de los dos está enterrado en Arlington.
De hecho, no hay ningún Farragut en Arlington.

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