Recuerdos en la otra orilla

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global_journeyAmérica no fue descubierta por Cristóbal Colón. Tampoco los vikingos, irlandeses o fenicios pueden atribuirse el mérito. La primera persona que puso un pie allí formaba parte de un grupo de cazadores que hace 20000 años atravesó el estrecho de Bering desde Siberia a Alaska. Su descendencia y la de los grupos que les siguieron poblaron el territorio entero hasta Sudamérica durante los 18 siglos siguientes.
Después hubo algunas incursiones esporádicas al continente -no muy bien documentadas-, hasta que en 1492 desembarcó el primer europeo del que se tiene constancia escrita.
Y ya no ha parado de llegar gente.

Nuestro viaje ha sido una gota en medio del mar. Hemos pasado por un pedacito de un país inmenso, engañosamente simple y en realidad complejo y diverso, precisamente por no contar todavía con una población autóctona definida. Se desplazó a los indios en su momento y desde entonces se ha querido establecer un patrón del nuevo estadounidense genuino, que no existe. Ése individuo será nieto de holandeses, ingleses, alemanes… Antes de que lleguen a hablar de una línea genética del americano auténtico ya se les casará un hijo con otro descendiente de extranjeros. Es inevitable. No es una cuestión de presión migratoria; es que Estados Unidos -a nivel de calle-, no se ha constituido como nación.
O quizá sea esa misma maleabilidad lo que mejor lo defina.

Pensando en el carácter de la gente, España es más vertical. De norte a sur tomas una buena aproximación de cómo somos. En EEUU ocurre igual, aunque la idea va sobre todo de este a oeste, pasando por un núcleo central algo más cerrado. Las costas Atlántica y Pacífica –cada una a su manera- están más abiertas al mundo gracias a la mezcla que contienen.

Washington DC es una versión descafeinada de Nueva York. Una hermana pequeña -más familiar y menos vertiginosa-, que conserva la misma educada distancia en el trato.
El crisol cultural es tan denso que hemos hablado con mucha más gente expatriada que con los propios americanos.

La gerente de nuestro edificio era de la India. Uno de los porteros, de Perú. Un Salvadoreño se encargaba de la limpieza. Los vecinos con los que más contacto hemos tenido eran suizos. Los vigilantes de la piscina venían de Bulgaria, Croacia y la República Checa. Las camareras de los alrededores eran rusas, ucranianas, francesas… Los taxistas, invariablemente africanos, sobre todo de Etiopia, aunque también los había de Senegal, Sierra Leona, Eritrea…

Acabas por tener la sensación de portar un inglés extraño. Tomas prestado el idioma local para entenderte con gente de todas partes, y a quienes dedicas más tiempo del que regalarías en Madrid.
Fuera de tu país, haces nación con cualquier extranjero. Te une a ellos la nostalgia y la extrañeza por un entorno distinto del habitual. La dificultad de enfrentarte con los pequeños dilemas del día.
Lo que más acerca a la gente son los problemas.

DSC00419En ese vagar por lo nuevo, tu cerebro te quiere transportar constantemente a España. Caminas por la calle como sintonizando la radio, y cada conversación con la que te cruzas es una emisora. Registras el idioma sin darte cuenta, y cualquier cosa del otro lado del charco parece más cercana. Se antoja familiar el italiano, el portugués; hasta el alemán. Cuando oyes castellano esperas a cazar el acento. Giras la cabeza un segundo más, para atrapar esas pocas palabras; la cantinela delatora de un argentino.
Si son de España sonríes siempre, y normalmente ellos también. Llama la atención la facilidad que tenemos para reconocernos.
Sonríes con cualquier detalle español, y lo disfruta más. Ningún gazpacho me ha sabido tan rico como el de la tienda de Bethesda que lo vende para llevar.

Supongo que es raro que alguien cierre un blog –normalmente son eternos-, pero para bien o para mal tiene que acabar aquí. Ya no habrá más Washington este verano.

Volvemos con menos sensación de distancia de la que nos fuimos. Desde España todo parece lejano, osado y aventurero. Luego comprendes que al nivel que nos movemos hoy día, las comunicaciones achican el mundo. Internet ayuda, y un vuelo –incluso con niñas- es corto.

DSC_0118Esta historia empezó como una especie de terapia ocupacional con uno mismo. Compatibilizar el hambre del escritor con la rutina del turista, y así se ha transformado en costumbre: redactando con la cabeza mientras observas alrededor. Mientras compraba un helado para mi hija mayor en el National Mall. Mientras cambiaba un pañal bajo la atenta mirada de las ardillas.
Acumulas párrafos con los ojos y la cámara, pensando que en algún momento se agotarán los temas y ya no tendrás de dónde tirar.

He intentado simplificar para entretener; es un poco de lo que se trata. Regalar un rato divertido a los que cargaban pereza en la llegada al lunes, y no ocupar mucho tiempo de los ansiosos por bajar a la playa.

Dicen que el año cambia en diciembre, pero a mí siempre me ha parecido que son los veranos los que rompen ciclo. Costumbres que coges en el colegio.
Ahora mismo no puedo saber qué ciclo he roto porque regresando a España encuentras los mismo que dejaste. Hemos vivido un respiro de la dichosa crisis que invade este país agotado. Somos unos privilegiados.

DSC00367Hay que pensar que algún día recordarás esto y podrás reírte, o hasta echarlo de menos.
Yo ya echo de menos mi estudio minimalista. En Madrid no hace falta que mi hija mayor se esconda en el vestidor para ver un video sin despertar a la pequeña. No tenemos que susurrar mientras hacemos el desayuno.
En todos los lugares haces casa, porque un hogar no es dónde vives, sino lo que dejas en él.

DSC_1316_rHemos regalado a los vecinos suizos los muebles, el menaje y los juguetes, pero me llevo los dibujos de mi hija. Esos no se los puedo dar a nadie.
Si algún día me dedico a escribir, decoraré mi despacho con ellos. Así podré mirarlos y recordar cosas que, de otro modo, la memoria querrá empeñarse en borrar. Porque el cerebro se entera tarde de cuánta importancia tienen las épocas de incertidumbre.

Quiero tener siempre presente que fui feliz en un periodo incierto.
Quiero recordar que cuando desperté en el avión de regreso tuve la fugaz sensación de estar aún en el vuelo de ida; como si todo lo ocurrido hubiera sido un raro sueño: el escáner en el aeropuerto de Nueva York, el tamaño de la comida, quemarme la lengua con el café, la lluvia impredecible, la gárgola de Darth Vader, las paradas de Farragut, la colonia perdida…
Imágenes falsas de un tiempo inventado entre cabezadas de sueño.
Mil aventuras cotidianas en Washington.

Bueno, en Washington no. En un pueblo.

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Mendigos en monopatin

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mapLa llamada colonia perdida no fue el primer intento de asentamiento en la isla de Roanoke. Hubo otro anterior (1585), pero resultó un fracaso. Los colonos apenas aguantaron un año antes de subirse al primer barco que pudo llevarles de vuelta a Inglaterra. Se sentían engañados por lo que les había vendido el promotor del proyecto, Walter Raleigh, un caballero inglés que heredó de su difunto hermano el permiso real para explotar las tierras del nuevo mundo.

Aunque esa tentativa salió mal, trajeron con ellos unas cuantas plantas de tabaco, que Raleigh utilizó para continuar con su plan de promocionar el valor de la costa norteamericana. Consiguió cultivarlas en sus tierras de Irlanda, y se convirtió en un adicto a la nicotina durante treinta años. Fumaba en todas partes y delante de todo el mundo, hasta en presencia de Isabel I.
A ella Raleigh le caía bien, sobre todo después de que hubiera bautizado Virginia – en honor de la reina virgen- a cierta porción del nuevo mundo. Walter empezó a conquistar con su vicio los pulmones de tanta gente, que la corona se percató pronto del beneficio económico que el tabaco podía suponer para Inglaterra.

Los tiempos del cigarro omnipresente pasaron a la historia hace demasiado tiempo, en EEUU más que en ningún sitio. Está prohibido fumar en muchos lugares, incluidos espacios abiertos. Nuestro vecindario no lo permite en todo el territorio asociado al edificio. Los fumadores tienen que salir a la calle y caminar hasta la acera.

IMAG0724Con el alcohol, tres cuartos de lo mismo. Dependiendo del estado en el que te encuentres es posible, o no, comprar bebidas en el supermercado (incluida la cerveza). Aquí nos movemos en pocos kilómetros entre el distrito de Columbia, el estado de Virginia, y Maryland. Cada uno con sus cositas.
En Bethesda (Maryland), si queremos vino tenemos que ir a la licorería. Pero ahí no acaba el chiste: si pides una botella en un restaurante y al terminar te la quieres llevar a casa (cosa muy común aquí), el camarero la mete en una bolsa con cierre y además suele grapar el recibo de la cena. El motivo es evitar que un policía pueda sancionarte por llevar un recipiente con bebida alcohólica abierto por la calle.

Háblales tú a estos del botellón, que a mí me da risa.

Cualquier español que pise Estados Unidos se sorprenderá pronto de la facilidad que existe para saltarse las pequeñas normas cotidianas. Hay una conciencia común de buena voluntad de la que nosotros, sencillamente, carecemos.

Cuando vas a comprar el periódico en una máquina te encuentras con que es posible llevarte el taco entero. Se supone que sólo vas a coger uno, pero vaya: hasta en el barrio más adinerado de Madrid verías al primer fulano con cuatro o cinco periódicos bajo el brazo y contándoselo a los amigos.

Las cosas como son: los americanos tienen peligro cuando se enfadan y sacan la pistola. Nosotros, todo el tiempo.
Lo llevamos en la sangre. Más que educativo, parece genético. Yo mismo me he notado deseoso de infringir las normas. Tengo el impulso contenido; como ahogado. En los vagones del metro no se puede comer, beber, fumar, ni escupir. No sé qué clase de ser humano querrá escupir, pero ¿comer? La de bocatas que me habré apretado en el metro de Madrid…

Lo curioso es que, a pesar del aparente espíritu colaborativo americano, las prohibiciones se señalan y repiten. Encuentras la misma indicación muy cerca de la anterior, y también se advierte de las consecuencias o el importe de la multa.

Una actividad prohibida en muchos sitios es el “loitering” (no lo había oído en la vida). Literalmente significa “holgazanear”. Parece destinado a los mendigos, pero por algún motivo que no comprendo suele ir acompañado del “skateboarding”. ¿Hay sitio en los que no quieren mendigos ni chavales con monopatin? ¿No quieren chavales en monopatin que estén por allí sin hacer otra cosa? ¿No quieren mendigos en monopatin? Esto supera cualquier intento de chiste…

En las zonas por las que nos hemos movido la gente es respetuosa. La firmeza de los avisos parece destinada a otras personas. Tal vez a los extranjeros.

Ellos iniciaron la aventura de este país desde la desobediencia, pero de mutuo acuerdo; todos juntos contra un enemigo común. Los hispanos somos rebeldes uno por uno, y repelemos etiquetarnos dentro de un grupo amplio. Gustamos más de las victorias personales, incluidas esas pequeñas indisciplinas callejeras. Nuestra famas nos precede.

Execution_of_Sir_Walter_RaleighA Jacobo I -sucesor de Isabel I-, no le gustaban ni Walter Raleigh ni el humo que desprendía. Raleigh fue acusado de complot contra el rey y murió decapitado en 1618. Siguió fumando hasta el último minuto de su vida, incluso mientras esperaba para su ejecución.
En su celda encontraron una bolsa de tabaco sobre la que había una inscripción en latín: Comes meus fuit in illo miserrimo tempore (Fue mi compañero en el momento más miserable).

La capital de Carolina del Norte se llama Raleigh en honor a Walter.

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Esclavos de los esclavos

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desmotadoraA finales del siglo XVIII, el movimiento de abolición de la esclavitud calaba hondo en los estados del norte y empezaba a contagiarse a los del sur. La tendencia podría haber continuado hasta conquistar el país entero de no haber sido por la invención de la desmotadora de algodón (Eli Whitney, 1793), que simplificaba la tarea más laboriosa del proceso: separar las fibras de la simiente.

El cultivo experimentó entonces un enorme crecimiento en los estados del sur, haciéndolos más dependientes de la producción de algodón, y del consiguiente empleo de negros para su recolección. La abolición pasó a ser un tabú en esta parte del país, lo que significó el primer precursor de la futura guerra civil.

En el colegio aprendimos que la historia era una sucesión de acontecimientos motivados por sentimientos tan planos como la supervivencia o el patriotismo. Cualquier alumno terminaba encontrando un fácil paralelismo entre las fases históricas de la humanidad y las etapas de la vida de una persona. Los hombres prehistóricos parecían niños pequeños, los del Medievo adolescentes, y los de la era moderna ya se comportaban como adultos maduros.
Así quedaba sembrada en nuestra cabeza esa simpática versión de la historia del ser humano, que nos alejaba de la posibilidad real de entender a cada uno de ellos en toda su idiosincrasia. Nuestros profesores pensaban –quizá acertadamente- que hacernos comprender la verdadera naturaleza del proceso sería una pérdida de tiempo.

Lo que ha movido el mundo desde el origen de los tiempos ha sido la economía. El punto de evolución en el que se encontrara esta ciencia es lo que ha definido cada una de las épocas históricas en cada rincón del planeta. Cualquier otro hecho humano ha aparecido, o se ha desarrollado, gracias al flujo de los intercambios comerciales: idioma, cultura, religión…

La colonización de América del norte requería de una inversión que no siempre fue satisfecha directamente por las arcas de estados europeos, sino a través de compañías que obtenían permiso para realizar dichos viajes, con intención de obtener beneficio de la explotación de las tierras en destino. La idea no era nueva; había funcionado antes, por ejemplo, con la Compañía de las Indias Orientales.

El desarrollo económico de las colonias se vio influenciado por un sutil instinto a la desobediencia promovido, primero, por encontrarse tan lejos del núcleo de gobierno, y segundo, por la naturaleza de los habitantes, pues muchos provenían de familias venidas desde Europa a raíz de la desafección con los que allí llevaban la voz cantante (es clásico el ejemplo de los irlandeses).
A partir de este caldo de cultivo fue fácil que tuviera lugar tanto el movimiento de independencia como la posterior propensión a la desregularización.

Estados Unidos es, desde sus inicios, un país reticente a los controles económicos. Costó poner de acuerdo a los estados en la fórmula para el gobierno central, y más adelante les traería de cabeza decidirse por un único regulador monetario común: pasaron por varias tentativas hasta quedar tranquilos con el actual sistema de la reserva federal.

El capitalismo se define en la actualidad como uno de sus bienes más preciados; otra estrella de la bandera. Está tan integrado en la sociedad que casi se respira. Son plenamente conscientes de ello: lo valoran, lo defienden y lo sufren como obligación necesaria. Cualquier alternativa con el más mínimo aroma a socialismo les espanta.

IMAG0718El consumo -base de todo ciclo económico-, bulle de vida en este país. La facilidad para la compra no tiene parangón: pagas con tarjeta sin identificarte, los envíos a domicilio son muy baratos o gratuitos, los outlet están al lado de las tiendas de marca…
No se trata de conseguir que el consumidor gaste mucho dinero en cada unidad; basta con que compre más de lo que necesita. Es la clave para mantener la tasa de reposición de artículos que alimenta la cadena.

La publicidad supera a la española (que ya era difícil).
La televisión es una condena: dedican igual tiempo a los anuncios que al programa que estás viendo. Por eso todo el que puede se abona al cable.
Cuando subes a un taxi, una pequeña pantalla ubicada detrás del conductor repite sin descanso el mismo conjunto de anuncios.
Las empresas pueden patrocinar hasta las carreteras. Cada pocos kilómetros hay un cartel presentando el nombre de la compañía que ha “adoptado” esa porción de la autopista (Adopt-a-highway).

Viviendo aquí tomas más conciencia de lo que España importa de este mercado. Asimilamos muy rápido sus productos, pero sus mecanismos… no tanto. Somos diferentes a ellos en muchos aspectos, y eso ofrece resistencias para llevar ciertas cosas a la península. Nuestro modo de ser tendrá que cambiar para aceptarlas. Y la pregunta es: ¿cambiará?
A priori parece que sí; parece que caminamos a la zaga de EEUU. Nos americanizamos, y habrá quien crea que es el futuro ineludible.

Yo no estoy de acuerdo (en parte porque no quiero estarlo). Hemos alcanzado ciertos beneficios sociales con los que ellos no cuentan (ni han contado nunca), lo que lleva a pensar que, tal vez, sean los EEUU los que tengan que dar pasos atrás desde el jardín en el que están inmersos.
Algunas empresas ya han dado pasos -por ejemplo, remunerando las bajas de maternidad de sus empleadas-, pero a nivel nacional van más despacio. Es mucho territorio; ciertas cosas tendrán que marchar estado a estado.

OLYMPUS DIGITAL CAMERASi alguien hubiera insistido en abolir la esclavitud durante la expansión del algodón, se habría encontrado enfrentándose con razonamientos alejados del motivo real. Le habrían respondido aduciendo a la –supuesta- inferioridad de la raza negra.
Los terratenientes estaban tan convencidos de sus palabras como orgullosos del beneficio que obtenían gracias al trabajo de sus esclavos.
Necesitaban ver a los negros de ese modo. Eran racistas, y ni siquiera sabían por qué.

La explicación estaba enredada en su propia motivación: la esclavitud no viene del racismo. Es el racismo el que viene de la esclavitud.

Y la esclavitud viene de la economía.

(Eric Williams lo explica de maravilla en su libro “Capitalismo y esclavitud”.)

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La tribu colonial

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Baptism of Virginia DareEl 8 de agosto de 1587 llegó al mundo Virginia Dare, primer bebé de padres ingleses nacido en los futuros EEUU. Formaba parte de un grupo establecido aquel mismo año en la isla de Roanoke (actual Carolina del Norte), y su abuelo era John White, fundador de la colonia.

A finales de año, White viajó de vuelta a Inglaterra, pero tuvo contratiempos a causa de la guerra con España y no pudo regresar hasta agosto de 1590, a tiempo para el tercer cumpleaños de su nieta.

Cuando llegó a la isla, la colonia entera había desaparecido.

croatoanSólo encontraron la palabra “Croatoan” tallada en un árbol, por lo que White dedujo que se habrían trasladado a la isla del mismo nombre (actual isla Hatteras), ubicada 100 kilómetros al sur. Desgraciadamente White no fue capaz de convencer al capitán para que le llevara hasta allí, así que tuvo que volver a Inglaterra sin saber qué habría sido de todos ellos.
Muchos al otro lado del Atlántico dieron por hecho que los indios les mataron, versión que era muy útil para la propaganda colonial.

Estados Unidos rema entre las orillas de la tradición propia y la ajena, cosa que se nota antes incluso de venir aquí. Las biografías de sus habitantes más notables suelen empezar con una referencia a los ancestros. Aunque ambos padres hayan nacido en América, se nombra la procedencia familiar de los abuelos -o incluso de generaciones anteriores-, para hacer notar que alguien tiene sangre de tres o cuatro orígenes diferentes.
Es curioso que, en cambio, exista una abierta –aunque sutil- desconfianza hacia la inmigración.
Es un tema delicado, y las palabras sobre papel manchan más fácil una conciencia, pero no escribir sobre ello sería lo mismo que negarlo.

DSC_1289El tribalismo local incluye a todo el espectro existente. Da la impresión de que cada raza quiera seguir un camino diferente de las otras. En un primer vistazo parece que hay una única manera de vestir para los blancos, otra para los negros, y otra para los latinos. Desde que estoy aquí sólo he visto una pareja mixta.
En el idioma ocurre algo parecido: los blancos y los negros hablan de distinta manera, y me refiero a que pronuncian de distinta manera. ¿Cómo es esto posible?

Si juntáramos a la población de Cataluña y Madrid en una misma provincia, cuatro siglos después sería imposible que siguieran hablando distinto idioma. Ya no sabrías quién viene de padres de un lado o del otro. Es más, existiría descendencia combinada de orígenes, y en la calle se hablaría una tercera lengua romance común (o se habrían matado los unos a los otros poco a poco después de cada derbi).
¿Es tan distinto esto de un ejemplo con dos razas? Que se lo digan a los brasileños…

Para los hablantes del castellano en Washington se da otro fenómeno de difícil explicación. Encuentras a latinos hablando inglés entre ellos, cosa que hasta cierto punto es razonable si llevan mucho tiempo viviendo aquí.
Lo que ya no es tan razonable es que al ir a un local atendido por un hispanohablante, él no cambie de idioma hasta que lo hago yo (incluso aunque sea evidente que con el inglés mi lengua patina más que la suya).
Hay un pequeño momento absurdo, en el que les descubres vacilando. Terminan por hablar español, pero no sin antes dudar; algunos incluso miran alrededor.

Es difícil documentarse sobre este hecho, y sólo a través de un par de conversaciones he podido deducir que todo tiene origen en una especie de necesidad de integración por parte de la población latina. Nadie lo reconocerá, seguramente, porque aceptarlo es admitirse esclavo de las opiniones, pero es innegable que, viajando poca distancia (por ejemplo a Nueva York) los latinos saltan de idioma con una naturalidad poco frecuente en la capital del imperio.

Hay otro dato mejor verificable sobre la importancia de esta velada clasificación humana: cuando buscas trabajo en el área de Washington DC, se solicita información sobre tu raza. Las opciones son amplias: afroamericano, hispano, blanco, asiático chino, asiático indio… No es un apartado obligatorio, pero está ahí.
He hablado con americanos sobre el tema y le restan importancia. Explican que la razón es que muchas empresas están obligadas a cubrir un cupo de trabajadores de determinadas etnias.
Lo que tú quieras, Chechu, pero cuanto más lo pienso, menos me gusta. Si yo fuera negro, no llegaría igual de a gusto a la entrevista.

roanoke-island-mapLa desaparición de la colonia de Roanoke tuvo lugar en una época convulsa. John White no consiguió organizar otro viaje de vuelta, y murió tres años después, consumido por la duda de qué fortuna habrían corrido su hija y su nieta.
Se ha especulado mucho en base a diferentes hallazgos posteriores, siempre quedando a medio camino de una verdad fidedigna. La historia lo envolvió en el misterio.

Hoy día toma importancia la teoría de que los colonos pudieron establecer lazos con una de las tribus locales, los Chowanok, que les ayudaron a establecerse en el nuevo campamento y a cambio obtuvieron apoyo en los enfrentamientos contra la tribu Tuscarora. Existe un proyecto en marcha que, a través de la toma de muestras de ADN de posibles descendientes, pretende reconstruir un mapa de las líneas familiares dejadas por los colonos.

Confirmar algo así sería como decir que Norteamérica se tejía antes de que nadie tomara posesión de ella.

Primero fueron las familias, luego los prejuicios.

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El himno descolorido

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cci-battle-of-baltimore-map-scott-sheadsDieciocho días después de prender fuego a Washington DC (1814), los británicos subieron por la bahía de Chesapeake rumbo a Baltimore. Desembarcaron primero con intención de atacar por tierra, pero un contingente americano adelantado a la ciudad les dejó lo bastante tocados para hacerles regresar a los barcos.
Entraron entonces en la desembocadura del río para colocarse frente a Fort McHenry –el cabo armado de Baltimore-, y durante la noche del 13 de septiembre intercambiaron cañonazos con la defensa del puerto.

A bordo de uno de los barcos ingleses iba Francis Scott Key, un abogado americano que estaba negociando para que los británicos liberaran a un amigo suyo. Al pobre Key le tocó soportar la noche entera observando desde el bando enemigo una posible rendición de Baltimore.
Al amanecer, sin embargo, los americanos izaron una bandera de desproporcionadas dimensiones para demostrar que seguían invictos. Scott Key, también poeta aficionado, se emocionó tanto al verla que decidió componer cuatro versos a los que llamó “La defensa de Fort McHenry”.
El poema se publicó una semana después del bombardeo y enseguida se hizo popular; las frases encajaban bien con una antigua canción llamada “A Anacreonte en el cielo”, y así nació “La bandera estrellada”, que es el actual himno estadounidense.

La historia norteamericana moderna (es decir, olvidando a los indios) es tan corta que tiende a ser amplificada mencionando infinidad de detalles. Se llega a un extremo de minuciosidad más propio de concurso televisivo que de la auténtica relevancia histórica (he resumido la anécdota del himno, porque en cualquier fuente consultada aparece hasta el nombre de la mujer que cosió la bandera). El orgullo hacia sus símbolos y formas resulta verdaderamente llamativo para cualquier europeo (y más para un español, con lo que nos gusta poner zapatillas a las leyendas).

El origen de esta tendencia habría que buscarlo en la situación de los primeros colonos que viajaron hasta aquí, y en el papel que jugó la religión en el desarrollo de las primeras comunidades. Un importante número de aquellos hombres formaba parte de grupos en cierta fase de marginación en Europa, que atravesaron el mar con intención de iniciar una nueva vida en base a las mismas creencias que les habían ocasionado problemas en sus países de origen.
Abrirse camino en un entorno desconocido (y quitar del medio a los nativos, que eran muy malos, muy malos, muy malos) acentuó la necesidad de fortalecer el sentimiento de comunidad.
Todo pequeño logro labrando una tierra salvaje se celebraba como un tremendo triunfo.

Desde esa herencia se ha conservado un selecto conjunto de ideas, sin el cual habría sido imposible mantener cohesionada una nación tan grande y que ha crecido tan rápido.
Pero no siempre ha sido fácil conservar la unión, y no hay que pensar en la guerra civil como único momento de conflicto interno. Antes ya hubo tiempos en los que los estados pudieron haber continuado su propia historia por separado.
Nada más alcanzar la independencia, por ejemplo, existían abiertas reticencias a la creación de un gobierno central por encima de los estados, por miedo a que acabara siendo una especie de segunda Gran Bretaña.

DSC_1464_rWashington DC, a pesar de ser la capital (o precisamente por serlo), está impregnada de una cierta ambigüedad. El patriotismo existe, es innegable, pero no alcanza los extremos de otras ciudades interiores. Hay banderas por todas partes, camisetas con la bandera, bañadores y calcetines con la bandera, gente literalmente disfrazada de bandera, pero la inmediatez de los gestos no es igual en todo el mundo.

Nos encontramos con un ejemplo bastante demostrativo cuando asistimos al arriado de la bandera en el cementerio de Arlington (hay que ver el juego que da este sitio).
La tumba del soldado desconocido es custodiada 24 horas al día -todos los días sin excepción-, por unos tipos que sirvieron de evidente inspiración para los guionistas de Terminator. Su modo de actuar está cargado de simbolismo: la vestimenta, el número de pasos, el tiempo que permanecen inmóviles…
Cuando hacen el cambio de guardia ordenan silencio, y no permiten que nadie se siente. Y a ver quién es el guapo que hace otra cosa. Mi hija no se acercaba porque le daban miedo.

DSC_1722Al final del día, dos guardias caminan hasta el mástil, arrían la bandera y la doblan con infinito cuidado. Como buen turista, en mitad del silencio, buscas varios ángulos desde los que hacer fotos, cuando de repente te encuentras con que eres el único. Los demás están quietos, observando, y alguno hasta se ha quitado la gorra y tiene la mano en el pecho. Es un momento raro, que te hace sentir en otro planeta.
Los guardias ya no son lo interesante; cualquier militar en cualquier nación tendrá un comportamiento análogo con la bandera en las manos. Los civiles, en cambio, son lo distintivo. Esa respuesta no la esperabas.

Después empiezas a fijarte, y descubres que no todos los americanos presentes ofrecen igual profundidad de respuesta. El respeto es común, sí, pero no así la necesidad de externalizarlo.

La imagen que se vende fuera de EEUU no corresponde con una realidad descriptiva del país entero. Los europeos a menudo pecamos de ingenuos. Esto es una nación-continente, y creer que cualquier yanqui moriría por su presidente es como creer que todos los africanos hablan el mismo idioma.

intento_asesinatoEl primer presidente al que hubo que proteger fue Andrew Jackson. La verdad es que se protegió él solo; un hombre llamado Richard Lawrence le disparó dos veces sin éxito, y entonces Jackson la emprendió a bastonazos con él.
El fiscal en el juicio al terrorista fue, precisamente, Francis Scott Key, 21 años después de haber escrito la letra del himno americano.

Qué bonito. Qué guinda para el pastel.

Lo que no se comenta tanto es que Scott Key fue un importante defensor de la esclavitud. Es un dato que llevaría a muchos afroamericanos a pensárselo dos veces antes de ponerse en pie cuando suena el himno al comienzo de los partidos de beisbol.

Éstas son las ironías que nos gustan a los españoles. Desmontar héroes nos ofrece consuelo.

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Fronteras desde un puerto pequeño

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u-s-_territorial_acquisitions1El 25 de abril de 1854 se ratificaba en el Senado de los EEUU la compra de La Mesilla, territorio al sur de Arizona que hasta entonces había pertenecido a Méjico.

Finalizaba así un periodo de enorme expansión estadounidense que durante sólo cincuenta años del siglo XIX había llevado la frontera oeste del país hasta el océano pacífico, y la norte y sur a cubrir toda la linde de las vecinas Canadá y Méjico.
Faltaría después la compra de Alaska, la anexión de Hawaii, la zona del canal de Panamá (que ya “devolvieron”), Puerto Rico y las islas Virginia.

Fueron doctrinas propagandísticas como la del famoso “Destino Manifiesto” las que les empujaron a semejante frenesí adquisitivo, y quizá por iguales motivos construyeron de la manera en que lo hicieron, cubriendo territorio a marchas forzadas.

Un europeo se mueve por este país con la impresión de que las distancias se miden en otro calibre. Sin coche no eres nadie.
La mayoría de las viviendas son casa bajas de dos plantas, comúnmente separadas unas de otras, lo que lo transforma la vista en una suerte de eterno infinito de jardines. Aún así, queda mucho territorio sin edificar. En términos prácticos la colonización no ha terminado.

DSC_1448_giradaEs normal que la edad legal para conducir sean los 16 años; hasta entonces los chavales viven condenados al uso de la bicicleta. Si tú pensabas que habías pedaleado mucho en los veranos en el pueblo es porque no sabes a lo que se enfrentan aquí. Cuando el pequeño Timmy planea ir a ver a su amigo JT -que vive en la misma calle, pero 2000 números más abajo-, empieza por echar al macuto su emparedado de mantequilla de cacahuete y un refresco, porque le va a tocar hacer parada por el camino.

El día que un muchacho americano se saca el carné, lo celebra encerrándose en su garaje y descargando la rabia acumulada con una somanta de patadas a la bici hasta que la deja hecha en un amasijo de hierros en un rincón. Que la use el padre, si quiere, para reforzar el cenador del jardín. Ahora que tiene un Buick LeSabre del 69, ya no piensa volver a pedalear en su vida.

DSC_1683Bethesda es un pueblo en reconversión. En medio del mar de chalets se han levantado edificios -de no más de diez plantas-, para dar forma a una zona de ocio y negocio con estilo callejero (en lugar de poner cada cosa a dos millas de la otra), así que es posible vivir sin coche.

El nivel económico es alto (que nos lo digan a nosotros con la pastaza que pagamos por un estudio), y la zona principal del barrio está tan cuidada y limpia que parece un trocito de Disneylandia. Pensando en “El show de Truman” captas bien la idea.

El ambiente es familiar, con padres que ajustan el horario al público infantil, aunque también hay una buena tropa de solteros, protagonistas de la happy hour (tomar algo después del trabajo) y preocupados por la salud del cuerpo. Mucha gente sale a correr por la mañana o por la tarde, cuando el calor es soportable. (Si te cruzas con alguno a medio día es que se quiere suicidar y no encontraba la pistola por casa).

IMG_0522Antes de venir pensamos que sería necesario comprar un coche para revenderlo al volver, o bien alquilar los fines de semana, pero en Bethesda hay metro, y así conectas con todo lo necesario. Únicamente hemos cogido coche una vez, para acercarnos a la playa, aunque –en nuestra línea-, acertamos con el lugar más atestado de la costa.

Sandy Point es algo así como el Benidorm de Maryland. El coche lo dejas en un megaparking que no tiene nada que envidiar al de un parque de atracciones –y no busques sombra, que no hay-, para después caminar atravesando la zona de picnic: una extensión de hierba paralela a la playa y sembrada de mesas, cada una equipada con la correspondiente parrilla y manejada por el correspondiente padre bien criado.
La foto del mar quedaría bonita con ese puente colgante al fondo, pero es tal la cantidad de gente que encuentras en la orilla, que se te quitan las ganas de bañarte. A la entrada del parque había varios carteles avisando de la posible presencia de medusas pero, una vez llegas al agua, te despreocupas. No caben bichos entre tanta pierna.
El baño fue corto (cómo va a ser, si no puedes moverte), y para resarcirnos marchamos hacia Annapolis, segunda parada del día dominguero.

DSC_1593_rTomamos un café mirando al puerto y apenas caminamos un par de calles. No hay muchas más.
Este pequeño lugar fue capital temporal cuando Estados Unidos acababa de conseguir la independencia, y mantiene el original aspecto inglés marinero.

Pero su calma envolvente no da idea de que nadie vaya a querer extender desde allí ninguna frontera hacia ninguna parte.

Tal vez conserve también la tranquilidad de un país distinto.

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Las paradas de Farragut

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the_battle_of_cowpens_lgEl 17 de Enero de 1781 tuvo lugar la batalla de Cowpens, en la que se dice que William Washington (primo segundo de George Washington) salvó la vida gracias a su compañero George Farragut. Sea o no cierto, lo que sí es falso es que su amigo también se llamara George.
El nombre auténtico era Jordi Ferragut Mesquida, y había nacido 28 años antes en Menorca.

Jordi_FarragutJordi llevaba navegando desde los nueve años. Estudió náutica en Barcelona y emigró después a América, donde pasó tiempo capitaneando un pequeño navío comercial hasta que se unió a la revolución contra los ingleses en la guerra de la independencia.
Allí se casó y tuvo varios hijos, entre lo que destacó históricamente David, que llegó a ser el primer almirante de la marina estadounidense y ganó fama durante la posterior guerra civil por su arrojo en combate.

395px-David_Farragut_WWI_posterA él se le atribuye la famosa frase enunciada durante la batalla de la bahía de Mobile: “¡Al diablo los torpedos! ¡Adelante a toda máquina!” (“Damn the torpedoes!, Full speed ahead!”), que hoy constituye una suerte de canto de guerra para la marina estadounidense.

En honor a David existe en Washington DC la plaza de Farragut, y hasta ella puede llegarse en metro por las estaciones de Farragut North y Farragut West. La pronunciación americana del apellido dista mucho de sonido original.

La megafonía interior de los vagones corre a cargo de los conductores, y en la profesión está desde el tipo escueto, que larga una palabra indescifrable como el estornudo de un perro, hasta el que se equivocó de oficio y habla con vocación de locutor, recordando la estación en la que estás, la siguiente, el lado por el que se van a abrir las puerta, la línea en la viajas, y el destino último de la misma.
Ni tanto ni tan calvo, la verdad. Al primero no le entienden ni sus paisanos, y del último acabas hasta el gorro.

DSC_1438rEl metro de Washington es un buen medio de transporte. Rápido (de hecho, demasiado), cómodo y bien distribuido. Con él se llega hasta casi todos los puntos interesantes de la ciudad y de los pueblos colindantes.
Sólo es un tanto molesto el sistema de pago. No existen los billetes de diez viajes, y al comprar un trayecto individual tienes que tener en cuenta la franja horaria en la que estás y la distancia que vas a recorrer. Existen pases de un día o una semana, y las tarjetas recargables.

Esto último es lo más extendido; las llenas con tus dólares y tiras hasta que se agoten. El problema es que son individuales e intransferibles, y no puedes hacer trampas (somos españoles; lo hemos intentado). El sistema de registro es tan bueno que sabe en todo momento qué tarjeta esta dentro del metro y cual ha salido ya. Lo de pasa tú y luego me la dejas, no vale. Hay que comprar una tarjeta para cada uno.

A través del metro nos hemos movido para casi todo desde que estamos aquí, incluido el turismo. El último sitio que visitamos fue, por fin, el cementerio de Arlington; un camposanto militar ubicado al otro lado del río Potomac, justo detrás del Pentágono.

DSC_1673Aquello es inmenso; dos veces más grande que La Almudena de Madrid y bastante más colocadito. Está muy cuidado y llama la atención, además de por la infinita alineación de tumbas, por el trabajo de jardinería. Podría decirse –con respeto- que es un cementerio para la foto.

Desde el centro de visitantes hay un autobús que recorre la finca entera y te va llevando por los highlights del lugar (no es humor negro, oye, es lo que hacen). Resulta una opción bastante interesante para los que viajamos con niños, porque el desnivel del terreno es muy serio para andar empujando el carrito hasta la casita de la colina, y porque lo único que venden allí aparte de folletos, pines y demás suvenir, es agua.
Si quieres picar algo cruza el río, chaval.

DSC_1666El punto más alto merece la pena como mirador para observar la ciudad entera, y por él pasa una agradable brisa (el lugar se eligió, entre otras razones, por su frecuente corriente de aire, interesante por obvias razones de higiene).

Entre las figuras más destacadas de  Arlington están el presidente JF Kennedy, su mujer Jacqueline, el boxeador Joe Louis o el arquitecto Pierre Charles L’Enfant, responsable del diseño original de la ciudad de Washington DC.

Jordi Ferragut murió en Mississipi en 1817, y su hijo David en 1870, en New Hampshire. Ninguno de los dos está enterrado en Arlington.
De hecho, no hay ningún Farragut en Arlington.

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Nubes caprichosas

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1814-burningEl 24 de Agosto de 1814, las tropas británicas lograron entrar en Washington y prender fuego a la mayoría de los edificios públicos, incluida la casa del ejecutivo. Al día siguiente, el núcleo de un tremendo tornado cruzó sobre la ciudad y sofocó las llamas a base de viento y lluvia, además de acabar con la vida de varios soldados británicos y civiles americanos.
La leyenda popular dice que el nombre de “Casa Blanca” surgió durante la restauración de la ciudad, cuando se decidió cubrir con pintura parte de los daños sufridos en el hogar presidencial.

Los tornados no suelen afectar directamente a Washington DC, sino que lo bordean y descargan una breve tunda de lluvia.
Hace tres años (2010) la cosa fue mucho más seria. Una tormenta que no estaba pronosticada arrasó la zona provocando incendios, dañando edificios y dejando sin luz a miles de hogares y negocios. Desde entonces, los de protección civil se han vuelto precavidos y dan avisos muy serios a la primera de cambio.
La gente lo sabe, y por eso se lo toma con bastante calma. Están acostumbrados a que al final no sean más que cuatro gotas.

El primer día que salimos a dar un paseo por nuestro nuevo barrio nos encontramos de repente con una enorme sección de cielo negro avecinándose por el oeste. Si ves algo así en Madrid es que va a caer la chufa del año o que se está acabando el mundo, pero en Bethesda la gente caminaba sin apretar el paso. Un par de personas se pararon a hacerle fotos al cielo con el móvil, sin más. No parecían preocupados.

Nos metimos a desayunar, y al salir seguía sin llover. Mirabas a la nube y te consumía la duda. Qué tensión.

Fuimos a casa y nos encontramos con el portero que habla (tenemos dos porteros, uno que habla -y cuyo nombre conocemos-, y otro que no, al que secretamente llamamos Chechu. Luego lo de Chechu se ha extendido para todo aquel a quien aún no sabemos llamar de otra manera: los camareros son Chechu, los taxistas son Chechu… Cuando son mujeres son Chelsi).
El portero que habla nos explicó que había aviso de tornado para aquel día, y que eso era el pedazo de nube formato Mordor que acabábamos de divisar.

DSC_1386El problema de Washington DC es que tiene una humedad alta y constante. La intuición olfativa que traes de Madrid no sirve para predecir la lluvia. Aquí siempre huele igual.

Lo verdaderamente curioso es que tampoco el ciudadano de a pie parece tener una idea clara del pronóstico inmediato.
Que el cielo esté negro como carbón no implica nada. Que empiece a caer un chirimiri tontorrón, tampoco asegura ninguna consecuencia. Puede ir a peor, o puede que no.

lluviaY los de la previsión meteorológica no son más que una suerte de referencia. Si dicen que va a llover por la tarde significa que hay muchas probabilidades de que, a lo largo del día o la noche, llueva. Pero lo mismo ni llueve.
Fallan como una escopeta de feria.

Hay una única ley universal que hasta nosotros ya tenemos muy clara: si te cae encima una sola gota gorda y fría, corre. Eso sí que es innegable preludio de que va a prepararse la del diluvio. Porque aquí cuando llueve, llueve. Y de qué manera.

StormDrain
Ya me había fijado en aquellas storm drain (alcantarillas de tormenta) de boca ancha, pero no les encontraba mucho sentido hasta que fui testigo de la primera tromba que nos cayó en este pueblo. Sólo he visto llover igual en Panamá.

A veces hay otros avisos antes de la gota gorda, y entonces es aún más espectacular.
Estás metido en la piscina, tan a gusto, cuando de repente se levanta un viento fresco y lleno de hojas, el cielo empieza a cubrirse muy deprisa, se oyen un par de truenos, los pájaros levantan el vuelo, los niños lloran y las madres les sacan corriendo del agua. Que vienen los marcianos.

La humedad es la responsable de que el clima sea tan cambiante, pero también es protagonista cuando hay muchos días seguidos de calma. El calor es insufrible. Las semanas calurosas no permiten hacer nada más que encerrarte en casa o meterte en la piscina y no salir. No se puede andar por la calle, ni por la sombra. Llevar a mis hijas de paseo suena a odisea (y más con un tío como yo, que se te puede desmayar en cualquier esquina).

Así están luego los locales con el aire acondicionado. Pasas de un calor líquido y pegajoso al fresco seco artificial. Creo que mi hija pequeña está harta de mí: pongo la mantita, quito la mantita.
Lo raro es que ni ella ni yo nos hayamos constipado todavía. En nuestra línea, eso pasará cuando subamos al avión de vuelta.

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Poco metálico

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firstbankEn 1791 la pelea Hamilton-Jefferson acabó con ventaja para el primero y terminó por crearse el Primer Banco de los Estados Unidos, que al año siguiente pondría en circulación el dólar, dando al traste con la orgiástica especulación que habitaba hasta entonces por el continente a causa de las más de cincuenta monedas diferentes que se utilizaban.
Tomaron el nombre y valor del peso español, al que los americanos llamaban dólar (la etimología da para otro post; se remonta a la república checa).

Lo que a nadie se le ocurrió hacer entonces -ni durante los siguientes dos siglos largos que lleva en uso-, es dotarlo de un poco de color. Todos los billetes son verdes.
euro_colorEsto es a la vez bueno y malo. La ventaja es que puedes sacar tu fajo en plena calle y empezar a contarlo, que nadie que no se acerque va a saber lo que llevas, y la desventaja es que si no eres un poco ordenado tienes que andar todo el santo día escudriñando las esquinas o mirándole a la cara al fulano de la foto.

Existiendo billete de un dólar, las monedas son un verdadero estorbo y no valen para casi nada. Las acumulas en una caja y las miras con desconfianza cuando sales de casa, como a un hijo que no estudia: ¿Qué voy a hacer yo contigo?
Si aceptan billetes hasta las máquinas de refresco…

Hay tantos billetes de un dólar que es raro que alguien no tenga cambio, lo que nos lleva a la primera españolada del día. Cuando vas a pagar con un billete grande, no hace falta que se lo pongas fácil al otro con las vueltas. Es más, no intentes explicárselo, que no lo van a entender. Aquí eso no se hace, y por lo visto no se ha hecho nunca. Para ellos no tiene sentido.
La primera vez que tuve que pagar 13$ a un taxista con un billete de 50$, quise darle 53$ para que me devolviera 40$ (53 – 13 = 40), pero el hombre no me seguía. Pensaba que le estaba timando.
Después de intentarlo en una cafetería y de nuevo con otro taxista, lo di por imposible. Ya no me empeño, que si no al final los del gremio de conductores me van a conocer como big bill crazy guy (el tío loco de los billetes grandes).

También traía conmigo de casa la reverencia que tenemos hacia la tarjeta de crédito. En España siempre sale de la mano con el DNI, y además tienes que tener en cuenta el dichoso mínimo de pago con tarjeta.
En EEUU, ni identificación, ni mínimo. A veces, ni firma. Puedo comprar dos chicles con la tarjeta de mi mujer. Hay mucha alegría con el plástico.

Sin embargo desconfían de otros sistemas que a nosotros nos parecen seguros 100%. Por las transferencias, ni preguntes, y para pagar el alquiler no traigas efectivo que no lo cogen. Les dejan más tranquilos los cheques (¿¿??). Lo divertido es que nadie sabe explicar por qué. Hablan de que hubo fraudes… pero sin especificar. Se hace así y punto. Para un extranjero que no tiene cuenta en un banco estadounidense, esta manía no tiene ni gracia.

La guinda del pastel en temas monetarios se lo lleva lo del cash back. Ha sido un auténtico expediente X para mí durante mucho tiempo. Es un inventazo, pero aún no ha llegado a España y yo no sabía de qué me hablaban.
Cuando pagas con la tarjeta de débito (en el supermercado yayo, por ejemplo), ellos pueden aprovechar la llamada al banco para pedir dinero para ti. Así, si necesitabas efectivo, te ahorras pasar luego por el cajero. Cobran tu compra, y cobran un poco más –lo que tú indiques-, y te lo dan. La cajera es dos veces cajera.
Pero claro, yo de esto, ni patata. Llegaba allí a pagar y me preguntaban ¿si quería dinero de vuelta? ¿Esta mujer quiere regalarme la compra? ¡Este país cada vez me gusta más!

Me lo tuvo que explicar un español (mi hermano, el que colaba jamón en la maleta)…

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La gárgola de Darth Vader

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La construcción de la catedral de Washington comenzó en 1907 y duró hasta 1990. En los años 80, cuando las torres oeste estaban aún por terminar, la revista National Geographic World patrocinó un concurso infantil de diseño de gárgolas (la palabra correcta es quimeras, porque por las gárgolas sale agua, pero nos entendemos).
gargolaEl tercer premio fue para Christofer Rader, un chaval de Nebraska que se atrevió a proponer a Darth Vader. El primer premio se lo llevó un mapache y el segundo una figura de una niña con dos trenzas y aparato en la boca.

Al lado de esto, lo del astronauta de la catedral de Salamanca es hasta normal.

De todo lo imprescindible que hay que ver en Washington D.C., el cementerio de Arlington y la gárgola de Darth Vader son las dos únicas cosas que mis suegros no vieron cuando vinieron a visitarnos.
Un fin de semana estuvieron aquí, pero a tope.

Acababan de pasar cuatro días en Nueva York, sin pisar el metro y cogiendo sólo dos taxis. Mi suegra llegaba de la gran manzana con las piernas hechas polvo, pero el ritmo de su marido es el que es.

Según llegaron le conté a mi suegro, como de pasada, que era una pena no haber podido traer de Madrid la plataforma que tenía el carro de mi hija pequeña. Con ella puedes llevar detrás también a la mayor, de pie, y así no se cansa de caminar.

Yo por entonces aún no tenía internet en casa, pero mi suegro en su hotel, sí. A la mañana siguiente ya había buceado a muerte por las páginas y traía copiado a boli el camino hasta la tienda más cercana de aparataje para bebés. Nos desplazamos al lugar y compramos la plataforma de segunda mano, muy barata y completamente incompatible con mi carro.
Pero mi suegro es la versión menorquina de Aníbal, el del Equipo A. Esto lo arreglamos en un periquete.

Necesitábamos material ferretero para buscar un remedio casero al problema. Entramos a preguntar en una gasolinera y una tienda de bicis. Nos mandaron al lugar adecuado, que más tarde mi suegro bautizaría acertadamente como “Casa Llufriu”, por analogía con lo que hay en su Ciutadella natal.
En “Casa Llufriu” (todavía lo llamamos así) tienen de todo: desde sillas de jardín hasta destornilladores. Perdí a mi suegro en el interior mientras cada uno buscaba por su lado. A la salida nos abrigamos a la sombra de un árbol y ajustamos la plataforma al carro con bridas rearmables.

Mi hija desconfiaba por completo; tardamos en convencerla para subir. Echamos los repuestos a la bolsa por si aquello rompía y nos pusimos rumbo a la capital.

Salimos del metro en pleno DC; caía un sol de justicia. Buscamos un rincón bajo el que protegernos para comer. Bocata/ensalada de la furgoneta de comida rápida y al césped. En poco tiempo te acechan las ardillas.

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Aquí hemos visto muchas, y también conejitos, aunque estos son más tímidos. Ardillas, en cambio, hay de dos tipos: las que se acercan y las que se acercan mucho.

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Lo que no he visto son gatos; ni uno sólo. Ni en Washington ni en Bethesda.

Se los habrán comido las ardillas.

El picnic lo estábamos haciendoen mitad del National Mall, que es donde está el 80% de lo que hay que ver: monumento a Lincoln, a Washinton, a la II Guerra Mundial, la de Korea, la de Vietnam (estos se han pegado con todo el mundo), foto de lejos a la Casa Blanca, el capitolio, tropecientos museos (todos gratis)…

Aquello es una especie de terreno sagrado para los americanos; un lugar al que deben peregrinar al menos una vez en la vida. Por eso precisamente, no deja de ser curioso que no paren de pasar aviones por encima, después de la que les liaron en las torres.

avion1

avion2Lo que no vimos aquel día, lo vimos al siguiente, y lo que no, es que no merecía mucho la pena.
Funcionábamos a lo Forrest Gump: si teníamos hambre, comíamos. Si llovía, nos metíamos en un museo.
Mi suegra no se separaba del carro, pero no era por estar más cerca de sus nietas, sino para tener algo en lo que apoyarse al andar. Una paliza nos dimos, pero mira, para cuando se fueron mis suegros ya habíamos cepillado los clásicos básicos. El resto ya lo iríamos picoteando nosotros.

Al cementerio de Arlington no hemos ido todavía. Acabará siendo como el museo del Prado para los madrileños: estando ahí, ya nos pasaremos. A la catedral me acerqué yo un día con las niñas, pero sin prismáticos no se puede ver a Darth Vader. Tocará volver.

La plataforma sigue unida al carro con las mismas bridas que compró mi suegro. Me encanta que los planes salgan bien.

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